Cocineros Argentinos, por Canal 7
Mie, 1/12/10 – 15:25 | 3.667 Comentarios

Cocineros argentinos es un programa fresco y divertido, en dónde además podemos aprender a preparar exquisitas recetas, un poco con el estilo que impuso años atrás Maru Botana.

Leer el resto de la entrada »
Básicos

Carne de Ave

Carne de Cerdo

Carnes

Comercios

Inicio » Cocineros

Grandes Cocineros Argentinos: Gato Dumas

Enviado por en 06/04/2009 – 10:39 am4 Comentarios

Carlos Alberto Dumas, conocido como Gato Dumas (Buenos Aires, 20 de julio de 1938 – 14 de mayo de 2004), fue uno de los cocineros más reconocidos de Argentina. Dedicó su vida a sus restaurantes, a escribir libros, a la docencia y a programas de televisión. Elevó el oficio culinario a la categoría de profesión.

El gato fué Hijo único de padres que tenían una intensa vida social, pasó muchas horas de su infancia en la cocina sentado en un banco mirando todo lo que hacía Pilar, la cocinera de la familia. Ya a los tres años, se vistió con chaqueta, delantal y gorro para cocinar junto a su abuelo, el célebre escultor y cocinero aficionado, Alberto Lagos.

Estudió arquitectura hasta que, en 1959, le comunicó a su padre que dejaba las maquetas para viajar a Londres a cocinar. Allí, conoció a quien fuera su maestro, "el gran creador de la cocina moderna", Robert Carrier, con quién trabajó lavando ollas y pelando papas en The Angel, en el barrio de Islington. Carrier tuvo dos restaurantes y una escuela de cocina en Londres hasta principios de los años ’80.
Vivió en Londres hasta marzo de 1963, cuando volvió a Buenos Aires e inauguró su primer restaurante, "La Chimère", iniciando en el barrio porteño de Recoleta el reducto gastronómico que es actualmente.

El Gato fué un tipo sin medias tintas, lo amabas u lo odiabas, generaba ese tipo de reacciones. Irritante al principio, nada culposo en utilizar ingredientes carísimos siempre solía decir: si no tiene langostinos, use langosta, si no tiene langosta, use centolla. Además fué criticado por usar ingredientes muy engordantes.
Entrañable y disfrutador de la vida, tan simpatico que resultaba un aristócrata querible. El se hacía llamar cocinero, nunca cheff.

Conversando con El Gato, Reportaje al Gato Dumas:

El hombre fue, sin lugar a dudas un hedonista. Inteligente, culto, divertido, exagerado y a veces arbitrario. Fue pintor y escultor pero abandonó la plástica. Supo que no podía ser el mejor, sería uno más. En la cocina no, quiso ser alguien y lo logró.

Sabe muy bien lo que le gusta. Y lo que detesta: no le gustan los platos para un museo de Arte Decorativo, no come animales salvajes, sólo de criadero, detesta las tilinguerias fashion respecto de los vinos. Milita en la línea de Ada Concaro y Jean Paul Bondoux, la cocina debe dar un inmenso placer.

Casi autodidacta, reconoce un maestro en Londres, Carrier y una herencia gastronómica, la de su abuelo el escultor Lagos, un bon vivant que preparaba platos de atelier en su taller parisino para Picasso, Lorca & Cia. En la Argentina, en los años 60, revolucionó la cocina, tanto como lo hicieron después los franceses de la Nouvelle. En Buenos Aires especialmente se puede hablar de una cocina pre y post Dumas.

¿Cómo era la cocina argentina, mejor dicho la porteña, hasta la época en que abrió su primer restaurante, a mediados de los 60?

Aburrida. Menús idénticos. No había restaurantes, es decir sólo existían los de los grandes hoteles de entonces, el Grill del Plaza, el Grill del Alvear. Y otros de medio pelo: el Odeón, Lo Prete, Emiliana, Río Bamba, los Munich.

Y las cantinas.

Claro, eso es lo que yo digo que es la verdadera cocina argentina. Una mezcla de razas, como nosotros. Estaba el almacenero gallego y el hijo se casaba con la vecina polaca. La polaquita aprendía cocina gallega y se casaba con el italiano de la verdulería.

Era una cocina fusión

Una verdadera cocina fusión que se dio naturalmente. Si uno invita a un italiano a comer esa cocina dirá que nunca en su vida comió esa cocina italiana. Es una cocina argentina. El locro no es argentino. Es paraguayo, boliviano, del norte de Chile, el maíz viene de Méjico y el locro es puro maíz.

Pero tuvo su raigambre

No. No hay tantos lugares donde se pueda comer locro en Buenos Aires, aunque últimamente los restaurantes modernos estén reivindicando la cocina regional. La cocina es lo que le dije, esa mezcla. Hasta el steack au poivre en versión argentina: papas a la crema con una salsa picante. O comemos picante o no comemos picante. Me acuerdo de un amigo que pidió en un restaurante steack au poivre, le expliqué y dijo, ah, un bife con pimienta, bueno tráigamelo sin pimienta, le dijo al mozo. Esa era la cocina, que usted llama pre Dumas.

¿En qué revolucionó usted la cocina?

Yo venía de aprender, intuitivamente y por necesidad, en Inglaterra con un tipo que revoluciono la cocina, Robert Carrier. El inventó las recetas fichas, después las copió la revista Elle. Inventó una cocina moderna. Yo vivía en una casita en Londres con dos dominicanos, un americano y un colombiano y pagábamos entre todos. No podíamos ir a restaurantes caros, cocinábamos, inventábamos basándonos en Carrier. Ese fue el inicio de mi revolución, porque además trabajé en el restaurante de Carrier y copiaba. Había de todo en Londres y a Carrier le comprábamos las recetas supermodernas, fáciles y ricas. Un tipo raro, buen mozo, homosexual, hijo de francés y americana. Fue el primero no hubo otro antes, fue el que revolucionó, el que metió el bichito de la cocina en al época de los Beatles. Tenía un restaurante que se llamaba Carrier, en The Angel en el bario de Islington. Él inventó el primer menú ejecutivo, lo copié y lo traje a Argentina. Le puse menú del mediodía, fui el primero en el año 1969. Carrier fue un reciclador de platos clásicos, lo que ahora está tan de moda. Tuve la suerte de trabajar con él.

Hábleme de su primer restaurante

Bueno, La Chimère hizo historia. Nadie había hecho en esos momentos una casa a partir de cero para instalar un restaurante. Los lugares no tenían diseños y nadie se preocupaba por la luz, las mujeres no van a un restaurante muy luminoso porque no se sienten ni cómodas ni lindas, si no pongo un baño bueno, tampoco van. Dereck Foster lo criticó en el Herald porque era una hoja muy grande, con pocos platos. Fui quien acortó las cartas. Tenía ocho, diez platos que iba cambiando. Nada que ver con ese horror que todavía se llama cocina internacional, con menús infinitos.

Fue allí donde realmente se convirtió en cocinero.

Claro, no podía conseguirlos, no lo podía traer a Pedro Muñoz, aprendí a cocinar profesionalmente y contraté a un catalán Juan Brualia, muy mezquino: trabajaba de espalda para no mostrar pero me la arreglaba para cambiar algunos platos con lo que había aprendido en Londres, espiaba. Y le puse nombre atractivos, como aquellas papas quiméricas. Me acuerdo que Marta Baines me dijo que me felicitaba y que tenía miedo por mi arrojo y por mi valentía porque me iba a resultar difícil por la inexistencia de productos. Por ejemplo no había hierbas. Al tiempo apareció Ada Concaro que si las usaba inventé el concepto la cocina de barrio. Para mí era muy caro mandar a alguien a buscar productos raros lejos, por ejemplo al Mercado de Belgrano. Cocinaba con lo que conseguía a tres cuadras a la izquierda, tres cuadras para atrás. Después vino el Drugstore, y después Clark’ s Junín, lo ambienté como un pub, con maderas de demolición. Lo armamos y lo llevé de contrabando a Brasil donde llevé a dos señores lustrados a muñeca. Usé maitres y mozos argentinos, todos se quedaron a vivir en San Pablo.

Yo lo conocí en Buzios, me acuerdo que me preparó un carpaccio buenísimo.

Si, en el 80, cuando volví a Buenos Aireas, armé el Gato Dumas. El primer restaurante en la Argentina que llevó el nombre del cocinero.

Pero usted tiene antecedentes históricos que lo relacionan con la buena cocina.

Si algo de historia y algo de mito. El Turco Lagos mi abuelo fue un gran escultor y cocinaba con Pepe Yzaguirre otro bon vivant. Mi abuelo vivía en París e Izaguirre en Biarritz. Cocinaban, se divertían como locos. Mi madre nació en París.

Y en su casa se comía cocina francesa ?.

En casa siempre se comió muy bien, había cocineras. Una tradición heredada de mi abuelo. En París todos los domingos los amigos iban a almorzar a los de los Lagos, en la casa, no en el atelier. Una cocina afrancesada, pero suculenta. Y en su taller hacían platos de atelier. Se juntaban y cocinaban, Picasso, otros pintores y escritores. Cuando mi abuelo volvió al país, Neruda era cónsul chileno. Lorca y él almorzaban en el atelier. Mi abuelo fue quien hizo el monumento a Falcón que esté frente al Café de la Paix, en Recoleta, encargado por el gobierno cuando lo mataron a Falcón y a su chofer. El gobierno le encargó el monumento a Falcón, con lo que ganó se casó con mi abuela y se fueron a vivir a París.

¿Usted se retiró definitivamente como restaurateur?

Me dio rabia leer en un libro de Vázquez Montalbán: qué pena que se ha retirado el Gato. Me he retirado de los restaurantes, pero no me retiré de la Argentina, tengo colegios, lo hago porque es un buen negocio.

¿De acuerdo a lo que nota en su escuela, usted cree que los jóvenes ahora tienen más creatividad?

Paul Bocuse me preguntaba por qué los argentinos no tenían creatividad, por qué copiaban a los franceses. Yo creo que la cocina de hoy se divide en dos segmentos, uno es la cocina que estamos defendiendo yo, Bondoux, Ada, la cocina para comer, del placer. La otra cocina es para el museo de arte decorativo o para un concurso. Hay cocineros que se dedican a enseñar, otros a restaurantes y otros a concursos. Los que trabajan para un museo decorativo, pueden ser magníficos con sus técnicas, pero si los platos no son ricos, no sirven. Hay mucho de eso. Me parece genial, pero lo que quiero es comer. Siento un placer enorme por los sabores, los aromas, los perfumes que me pongo encima, las texturas. Me encantan las texturas, no en cuatro gotitas, sino en una salsera al costado. Hoy día te hacen una torre y arriba dos muslitos de codorniz.
La torre se derumba, eso no es cocina. Yo estoy haciendo cosas rarísimas, y me dije: me van a copiar. Abrí una revista y el chef Gualtieri usó unos platos que invente, con cortes de vidrio.

¿Le gusta todo o tiene algunas fobias?

Todos menos la lengua y el pepino. La lengua porque no me gusta la textura.

¿Cuando viaja prueba de todo?

He tenido la mala suerte de trabajar en Nairobi y tuve que comer cebra, león, elefante, muslo de jirafa, mono, tuve que hacerlo por problemas contractuales, me costó mucho comerlos. Hoy no cocino ni como animales salvajes, que sigan siendo salvajes. Como cosas de criaderos. No voy a matar nada, como lo que tengo muerto y de criadero. No podría volver a comer un hortelan, es un proceso cruel, el foie gras es un poco lo mismo pero los patos y los gansos están criados para eso. Los pajaritos,no.

Usted es un gran enófilo, hábleme de sus preferencias.

Hace unos años en el Epicúreo, yo tenia 26, 27 años tuve una discusión con Federico López, el creador de la Bodega, un tipo genial, el padre de Carlos. El me habló del añejamiento en roble de los blancos, yo le dije que quería abrir una canilla y tomarlos para tener todos los aromas que podría dar una uva y no cambiarle el gusto. Eso no era un vino. López después me dio la razón. Los blancos, jóvenes. Y no me interesa el Malbec, me parece demasiado carnoso, Prefiero un Merlot, un Malbec me vence y yo quiero vencer al vino. Merlot, por favor. Si es posible un Petrus, que es un Merlot.

Pero puede definir un estilo, diferencias entre vinos clásicos y modernos?

No creo en la historia de las modas. Los vinos son sublimes. Yo dije hace muchos años que el Syrah se iba a poner de moda. Los vinos son demasiado sublimes para hacerlos pelear.

El gato Dumas junto a Ramiro Rodriguez Pardo, su compañero de aventuras.

La Chimère

Junto con Ramiro Rodríguez Pardo El Gato inauguró su primer restaurante, allá por 1965, en La Recoleta, que en ese entonces era un páramo. La calle Junín estaba plagada de marmolerías que trabajaban para el cementerio de enfrente y el barrio entero mostraba una multitud de vetustas casas de inquilinato que lo afeaban . Sólo deslumbraban allí La Biela, que era más pequeña que la actual, y la Munich, que sigue casi igual a cómo era. Bajo el gomero de la Recoleta estacionaban los coches de una línea de colectivos y en donde está el Centro Cultural funcionaba en esa época un hondo, melancólico asilo de ancianos. El Gato pensó que allí –con ese marco– corría el riesgo de cocinar solamente para sus amigos. Dos de ellos, el poeta Oliverio Girondo y su esposa, la pintora Norah Lange, inauguraron el lugar comiendo un extraño risotto  preparado especialmente para ellos… al irse le dijeron al Gato que todo había estado delicioso y prometieron volver. Pero al día siguiente lo llamaron alarmados porque los dos orinaban de color celeste… era una broma del Gato Dumas, que había aderezado uno de los ingredientes con una suerte de anilina orgánica insípida, inofensiva, pero que teñía la saliva y la orina de color azul. El sitio (elogiado por los periodistas) se puso rápidamente de moda, quizá porque era un lugar distinto, muy elegante (un poquito snob) y terriblemente caro. Sin proponérselo, La Chimere inauguró una costumbre que todavía pervive en los mejores lugares de la moderna Recoleta: se iba allí a comer de modo gourmet, pero también a ver y a dejarse ver.

4 Comentarios »

¡Deja un comentario!

Añade tu comentario a continuación, o trackback desde tu propio sitio. También puedes suscribirte a los comentarios por RSS.

Completa tus datos a continuación: